Uno de los parajes más hermosos donde hemos estado durante nuestros años recorriendo Asia es la Isla de Coron en Filipinas.
Su aguas son tan cristalinas que la visibilidad va más allá de los 20 metros, y tan tranquilas que no hacen necesario
bucear con aletas, algo que por otra parte agradece el coral.
La isla Coron, propiamente dicha, se halla frente a la costa del pueblo del mismo nombre.
Su orografía es abrupta y su vegetación tan exuberante que bien podría tratarse de una isla del jurásico.
No está habitada y se conserva bastante bien. El acceso a la isla se realiza a través de una hermosa bahía,
protegida en su bocana por una gigantesca roca, y cuyo fondo lo conforman dos profundos pozos oscuros que contrastan
poderosamente con los blancos bajíos arenosos.
En el interior de la isla se halla el lago Kayangan, residencia de los espíritus para los habitantes originales
y donde realizaban elaborados rituales. Para acceder a él es necesario subir una pequeña colina desde la que se
obtiene una buena vista de la bahía. El lago está en el fondo de lo que probablemente fue un antiguo cráter.
La vida acuática es escasa pero ideal para refrescarse.
Pero si la isla de Coron es hermosa, no lo son menos todas y cada una de sus hermanas menores.
Ensenadas, calas, bahía, peñascos, acantilados, pináculos, pozos, arrecifes…un sin fin de paisajes que conforman una bella sinfonía.
El coral es de excelente calidad pero si nadie pone remedio los días de gloria están contados. Por una parte el avance imparable de la
estrella de puntas blancas está deborando el coral, y el poco que queda a salvo es destrozado por las anclas de las lanchas que
trasladan a los turistas, pues los barqueros carecen de conciencia ecológica. Intentamos explicar la importancia de mantener el coral,
pero ellos no lo asimilaban. Sus cabezas decían que sí pero sus ojos lo contrario.
Si ya es difícil cambiar hábitos de conducta en gente instruida, es tarea imposible en gente que no entiende más allá del día a día.
Otro paraíso amenazado.