
Manuel Guillen, en la cima del Tourmalet
¿Cuándo te diste cuenta que viajar era lo tuyo?
Cuando tenía seis o siete años, una vez al año pasaba noches en vela días antes de que mis padres volvieran de algún largo viaje. Regresaban a casa con regalos. Pero lo único que a mí me interesaba era lo que mi padre había filmado. Costa de Marfil, Kenia, Malasia, Brasil. Mi padre se encerraba en el salón de casa y pasaba horas interminables para armar, editar y dar comentarios y música a cientos de minutos de material. Nos prohibía terminantemente husmear hasta el día del gran estreno. Siempre que podía me colaba a gatas para espiar algún avance. Esta espera me resultaba eterna.
Años después, cuando tenía trece años, mis padres decidieron que era necesario espabilarme. De un día a otro me enviaron a un colegio en algún lugar lejos de España. Yo solo sabía comunicarme en castellano, pero la mayoría de mis 200 nuevos compañeros de colegio no me entendían: venían de 60 países del mundo. Además, a esta temprana edad me resultaba difícil comprender que en otros lugares nacían personas de familias no cristianas. Los horarios de comida, las costumbres, el clima, el idioma…
El impacto fue mayúsculo, pero siempre recordaré los esfuerzos por comunicarme en otro idioma, adaptarme a otras formas de pensar, otras creencias, otros ritos.
Dos años después volví al redil familiar, al cole y después a la universidad, cerca de mi casa.
Pero sentía unas ganas enormes de volar. Necesitaba escapar. Estaba sediento y hambriento de libertad, de ir a lugares y conocer gente que no hubiese visto nunca. Había desarrollado un apetito incontrolable por experimentar, sentir, ver, oler, discutir, tocar, sorprenderme, disfrutar situaciones nuevas lejos de casa, familia, amistades y mundo conocido. Con 20 años, con un par de amigos, planificamos una aventura en Inter-Rail por Europa. Todo estaba listo, pero en el último momento me quedé solo. Ellos no podían viajar. No importaba. Me largué por mi cuenta. Fue el mejor mes de mi vida.
Pero no fue suficiente, ansiaba más.
Al terminar la tediosa carrera me fui a trabajar a Madrid. Después de tres años saltando de una empresa a otra pensé en estudiar otra vez (soy un poco bruto), esta vez fuera de España. Pero ¿Por qué no escaparme al Sudeste asiático unos meses antes del comienzo de curso? Días después empezaba un viaje de tres meses con una mochila en solitario por Tailandia, Malasia, Singapur y Birmania.
Cuando terminé de estudiar en el extranjero volví a huir, esta vez, cuatro meses: mi primera vuelta al mundo. Viajé a India, Nepal, Tíbet, China, Hawaii, San Francisco, Costa Rica, Chile y Argentina. Otro viaje fabuloso sobre el que algún día espero escribir.
Después he vivido cuatro años entre Puerto Rico y Argentina.
Otra vez, antes de regresar definitivamente a España para sentar cabeza, decidí regalarme un año sabático. Vendí mi coche por 7.000 euros y en la web www.elmundoconmochila.com os cuento una entretenida segunda vuelta al mundo. Antes de comenzar lo organicé muy poco, me compré una mochila y un billete de avión a Moscú. Recorrí miles de kilómetros en el Transiberiano. Me bajé para cruzar Mongolia de Norte a Sur. Conviví con los nómadas y grité de alegría y asombro entre huesos prehistóricos perdidos en el desierto del Gobi. Pasé a China y percibí atontado su carrera desbocada hacia lo que llaman civilización. Tenemos que darnos prisa para ver China antes de que desaparezca lo bueno que queda. De allí a Japón. Que gente tan diferente a nosotros… Un vuelo a la maravillosa Sidney y tres semanas como grumete de lujo en un catamarán recorriendo la Gran Barrera de Coral. Inolvidable. Nueva Zelanda: Paisajes y muy buena gente. En medio del Pacifico, un mes en Fulaga, una isla perdida al sur del Archipiélago de Fiji. El primer hombre blanco en siete años. El paraíso en la Tierra.
Y la parte más intensa: África, el continente oscuro. Subida al Kilimanjaro, viaje en auto-stop a los parques de Serengueti y Ngorongoro. Malawi y Zimbawe: Parques nacionales y naturaleza salvaje. Miseria. Las espectaculares Cataratas Victoria y un salto al vacío desde 111 metros en el puente a Zambia. Rafting y river-boarding en el Zambeze con Juan y Eduardo. Más auto-stop hasta el Delta del Okavango, Botswana: a correr “detrás” de los leones. Namibia con sus inmensas dunas y surf en la arena. El paisaje lunar de Soussusvlei. África del Sur y la peligrosa Johannesburgo.
Gran salto y avión a África Occidental: aterrizaje en Togo y unos días con el misionero Pepe “Schwazenegger”. Benín y la ceremonia vudú que me dejo bastante malito. Burkina Faso y la Copa de África de Fútbol. Malí, Djenne y el alucinante País Dogón. Ghana y sus Castillos en la Playa. Para terminar, la decadente Abidjan en Costa de Marfil.
Desde entonces no soy el mismo. Y me alegro enormemente.
El escritor Javier Reverte dice: “creo que hay que viajar siempre, ponernos a prueba ante lo inesperado, ver y sentir sobre lo que hemos leído, sobre lo que nos han contado. Y luego escribirlo, para que otros sueñen, para mantener viva la ficción de existir y el anhelo de la eternidad”.
“Creo que el ojo del hombre debe ver las cosas por sí mismo, respirar con sus propias narices los aromas de las plantas, de los animales y de los otros hombres, tocar con sus manos las manos de hombres de otras razas, pisar con sus propios pies la tierras más lejanas. El alma del hombre tiene que recuperar la pasión de la aventura y no esperar a que se la sirvan en la pantalla de un televisor o en las salas de un cinematógrafo. Y la gran aventura es siempre el viaje.”
¿Llevas la cuenta de los países visitados?
83 entre países, colonias y ex-colonias
¿Qué es lo que más te motiva de los viajes?
La ilusión de la preparación y la cuenta atrás. La llegada. El descubrimiento. Antes de partir intento no ver fotos o películas de la zona a visitar, es muy importante sorprenderse por todo lo que ves. Me motiva la improvisación, y sobre todo, la libertad. Suelo viajar solo, y disfruto charlando con todo el que se me pone por delante. Me motiva conocer gente nueva, que siempre tiene algo que aportar, desde el mongol en su ger en el interior de Mongolia, el nativo en una isla del pacífico, el pastor en la Patagonia hasta el brujo en algún país africano.
Cuando regreso, trato de escribir lo que he visto. Es la manera que tengo de compartirlo con los demás.
¿Cuál ha sido tu viaje más especial?
Las dos vueltas al mundo. Para hacerlas he tenido mucho tiempo, mucha libertad y poco dinero. He decidido casi diariamente cual era mi próxima ciudad o destino a visitar. Cuando viajas durante varios meses seguidos, vas entrando en una dinámica que te hace menos turista y más viajero. Adquieres más sensibilidad, escoges mejor los destinos, manejas más información, improvisas y aciertas, tu estómago se vuelve más resistente, soportas mejor las incomodidades, conectas con los habitantes locales, disfrutas de los pequeños detalles, desaparecen las prisas, en fin, notas que conectas con el entorno con mayor facilidad.
Un sitio al que no volverías…
Por ahora, ninguno. He aprendido en todos… y eso que me han pegado en varios países.
Un viaje pendiente…
Uno no, muchos. Viajar es una droga, mientras más lo haces, más lo necesitas (hace un par de semanas he regresado de Dubai y Shanghai). Laos y Camboya, Venezuela, Ecuador y Colombia. Cuba. Indonesia y Filipinas. Japón a fondo. Las ex-repúblicas soviéticas.
En fin, todavía me queda cuerda.